Una reflexión muy personal sobre las rutinas que dejé atrás después de mi mudanza, lo que cambió en mí y por qué quiero volver a lo que me hacía bien.
Hay etapas en la vida en las que una no se da cuenta de todo lo que está soltando hasta que ya lo soltó. A mí me pasó eso después de mudarme. Entre cajas, cambios, frío, incomodidad, mil cosas por resolver y la cabeza funcionando como si tuviera veinte pestañas abiertas a la vez, fui dejando a un lado hábitos que antes eran parte de mi día a día.
Y no, no quiero ponerme dramática ni decir que todo cambió por culpa de una sola cosa, porque la realidad es mucho más humana que eso. A veces simplemente una se desordena un poco, se siente fuera de lugar, pierde el ritmo y, casi sin querer, deja de hacer esas pequeñas acciones que le daban estructura, calma y energía a la vida. Eso me pasó a mí. Y hoy quiero contártelo como le contaría a una amiga, sin postureo, sin culpa exagerada y con bastante honestidad.
Una pequeña anécdota personal
Recuerdo que antes de mudarme tenía una rutina bastante más estable. No perfecta, claro, pero sí mía. Me levantaba temprano, tomaba mi agüita con limón, intentaba mover el cuerpo aunque fuera un poco, escribía mis agradecimientos y sentía que el día empezaba con intención. No era una vida de película, pero sí una vida que me hacía sentir bastante centrada.
Luego llegó el cambio. Y con el cambio llegó también esa sensación tan rara de vivir en modo transición. Todo estaba por acomodarse, pero mientras se acomodaba yo también me desacomodé. Y en ese proceso dejé de hacer cosas que, sin darme cuenta, sostenían mi bienestar más de lo que yo creía. Por eso este artículo no va de exigirme perfección, sino de mirar con cariño aquello que dejé atrás y reconocer que algunas rutinas no son solo hábitos: son pequeños anclajes emocionales.

1. Deje de Levantarme temprano
Antes yo le daba muchísimo valor a despertarme temprano. Me gustaba esa sensación de tener un rato para mí antes de que el mundo empezara a pedir cosas. Era como abrir el día con un poquito de paz, sin correr, sin sentir que ya iba tarde a todo. Cuando dejé de hacerlo, empecé a notar algo muy simple pero muy real: el día se me hacía más corto, más pesado y más desordenado. Ya no tenía esa primera hora que me ayudaba a poner la mente en su sitio.
Y claro, cuando una está cansada, es mamá, ama de casa o tiene mil responsabilidades encima, levantarse temprano puede sonar a castigo en vez de a solución. Pero en mi caso no se trata de madrugar por madrugar, sino de recuperar ese espacio donde yo me siento dueña de mi mañana. No necesito convertirme en una persona de las 5 a.m. para sentirme mejor; con volver a un despertar más consciente, aunque sea suave y gradual, ya noto diferencia. Para mí, levantarse temprano no es sinónimo de productividad loca, sino de empezar con menos caos interno.

2. No tomar agua caliente con limón por la mañana
Este hábito parece pequeñito, casi decorativo, pero en realidad me hacía sentir muy bien. Tomarme mi agua caliente con limón al despertar era como decirle a mi cuerpo: “ya estamos aquí, empecemos despacio”. Cuando dejé de hacerlo, lo que noté no fue un drama físico Gigante, sino algo más sutil: perdí ese mini ritual que marcaba el inicio del día con intención. Y para mí, eso sí importa.
No voy a venderlo como una poción mágica ni nada de ese estilo, porque la verdad es que no existe un hábito milagroso. Pero sí creo que hay rutinas pequeñas que ayudan muchísimo a entrar en modo “me cuido”. A veces, entre desayunos, niños, trabajo, colegio, casa y mil pendientes, una necesita gestos sencillos que no compliquen la vida. Volver a tomar mi agua con limón me recuerda que cuidarme también puede ser algo fácil, rápido y bonito.

3. Deje de hacer deporte
Aquí ya entramos en terreno serio, porque el deporte sí se nota. Muchísimo. Cuando yo entrenaba con más constancia, mi cuerpo se sentía más despierto y mi mente muchísimo más despejada. Había días complicados, sí, pero moverme me ayudaba a no quedarme atrapada en la pesadez. Al dejarlo, empecé a sentirme más lenta, más cargada y, honestamente, con menos paciencia para todo.
Y lo más curioso es que muchas veces pensamos en el deporte solo como una forma de “bajar barriga”, “tonificar” o “quemar calorías”, pero para mí siempre ha sido más que eso. Es energía, es ánimo, es salud mental. Para una mujer ocupada, no siempre hace falta una hora de gimnasio con luces y música épica; a veces basta con moverse en casa, caminar un poco, bailar mientras recoges o hacer una rutina cortita que te saque del sofá. El cuerpo no siempre pide perfección, a veces solo pide movimiento.

4. También deje de Correr
Correr era una especie de terapia gratis para mí. De esas que no se anuncian mucho, pero hacen mucho bien. Me gustaba salir, respirar, despejarme y sentir que por un rato no tenía que resolver nada. Cuando dejé de correr, noté que me faltaba ese espacio donde las ideas se ordenaban solitas y la cabeza bajaba un poco el volumen.
Además, correr tiene algo muy bonito para mujeres con la agenda llena: no te exige tener todo resuelto antes de empezar. Solo necesitas un rato, ganas y un poco de constancia. Ni siquiera hace falta correr muchísimo; caminar rápido, alternar trotes suaves o salir a moverte al aire libre ya cambia la energía del día. A mí me ayudaba a volver más ligera, más clara y más presente. Y sinceramente, eso no tiene precio.

5. Pare de Escribir mis agradecimientos cada mañana
Este hábito lo echo muchísimo de menos porque me ayudaba a mirar mi vida con otros ojos. Escribir agradecimientos me recordaba que no todo estaba mal, aunque hubiera una temporada confusa o difícil. Me ayudaba a no quedarme atrapada en lo que faltaba, sino a mirar también lo que sí tenía. Y cuando dejé de hacerlo, noté que mi mente se iba más fácil hacia la queja, la prisa o la frustración.
A veces pensamos que agradecer es una cosa “espiritual” o muy bonita para Instagram, pero para mí es casi higiene mental. Es poner un poco de orden emocional. Si eres madre, trabajas fuera, cuidas una casa o estás tirando de todo a la vez, agradecer no te quita problemas, pero sí puede cambiar la forma en que los cargas. Yo quiero volver a escribirlos porque me ayuda a regresar a una versión mía más suave, más consciente y menos dura conmigo misma.

6. Deje de tomar mis vitaminas y el colágeno
Esto también forma parte de mi autocuidado, aunque a simple vista parezca una tontería más de rutina. Cuando yo era constante con mis vitaminas y mi colágeno, sentía que estaba haciendo algo positivo por mí todos los días. No era cuestión de obsesionarme con el resultado, sino de sostener un pequeño gesto de cuidado. Cuando lo dejé, no sentí una catástrofe inmediata, pero sí esa sensación de “me estoy dejando para luego”.
Y eso, siendo sinceras, no nos viene bien a casi ninguna. Muchas veces las mujeres vamos postergando nuestro bienestar porque siempre hay algo más urgente: los niños, la casa, la compra, el trabajo, la cena, el cansancio. Por eso me gusta pensar en estas rutinas como recordatorios amables, no como obligaciones. Volver a mis vitaminas y mi colágeno es volver a decirme que también soy importante en mi propia lista de prioridades.
NO TE PIERDAS CADA SEMANA TU DOSIS DE BELLEZA Y CHARLAS ENTREE AMIGAS
🌸🐝⬆︎⬆︎GLOW ENTRE AMIGAS

7. No Leer un poco cada diá
Leer siempre ha sido de esos hábitos que me devuelven a mí misma. Cuando leo, mi mente descansa de una forma distinta. No es solo entretenimiento; es inspiración, es aprendizaje, es salir un rato del ruido mental. Cuando dejé de leer, empecé a darme cuenta de que estaba consumiendo más pantalla y menos pausa, más estímulo rápido y menos profundidad. Y eso, aunque parezca pequeño, sí cambia mucho la forma en que una piensa y se siente.
Para mí, leer no exige una hora perfecta ni una silla preciosa con mantita y café, aunque la fantasía ayuda, claro. A veces son diez minutos antes de dormir, unas páginas mientras los niños están ocupados o un ratito en silencio cuando la casa baja el volumen. Leer me hacía sentir más conectada conmigo, más creativa y más tranquila. Quiero volver porque sé que mi cabeza funciona mejor cuando le doy alimento bonito en vez de solo ruido.

8. Dejar el móvil antes de ir a la cama
Este hábito es de esos que parecen inofensivos hasta que te das cuenta de que te están robando sueño, calma y hasta humor al día siguiente. Cuando yo dejaba el móvil fuera de la cama, dormía mucho mejor. Mi mente se apagaba antes, descansaba de verdad y el cuerpo parecía entender que ya era hora de cerrar el día. Cuando empecé a acostarme con el teléfono, todo se desordenó un poco más: me dormía tarde, descansaba peor y amanecía como si no hubiera dormido del todo.
Y sé que aquí no estoy descubriendo América, pero aun así cuesta muchísimo. Sobre todo cuando al final del día una siente que ese ratito de móvil es su única pausa. Lo entiendo perfectamente. Pero también sé que, si quiero sentirme más centrada y menos agotada, necesito recuperar esa frontera suave entre el día y la noche. No hace falta ser radical; con dejarlo un poco antes, o tener una rutina de desconexión más amable, ya se nota muchísimo.

9. Empece a comer chuches otra vez
Aquí voy a ser totalmente sincera: me encantan las chuches. Pero cuando las dejaba fuera de mi rutina, me sentía mucho más ligera y con menos impulsos raros de picoteo. Al volver a comerlas sin tanta conciencia, empecé a notar más ansiedad por lo dulce, más ganas de seguir comiendo por costumbre y menos sensación de equilibrio. No es que una chuche te arruine la vida, por favor, no vayamos por ahí, pero sí que puede convertirse en una pequeña trampa si la usamos para todo.
Yo no quiero vivir con prohibiciones ni con una relación tensa con la comida. Eso me parece agotador y bastante poco sostenible. Lo que sí quiero es volver a una forma más consciente de disfrutar sin caer en el automático. Para una mujer ocupada, con estrés y mil emociones encima, comer con más intención puede marcar la diferencia entre un capricho puntual y una rutina que te deja más pesada de lo que estabas. No se trata de demonizar nada, solo de observar qué me sienta bien y qué me desordena.
Datos curiosos que me parecen importantes
Hay algo que me parece súper curioso de todo esto: los hábitos pequeños suelen parecer insignificantes justo hasta que desaparecen. Nadie suele decir “qué dramático, ya no escribo agradecimientos”, pero cuando los juntas todos, notas la diferencia en tu energía, en tu ánimo y hasta en tu paciencia.
Y otro dato que yo misma he comprobado: no hace falta recuperar todo a la vez. A veces intentar volver perfecta de golpe solo nos hace sentir peor. En cambio, retomar uno o dos hábitos ya empieza a mover la energía en la dirección correcta. A mí me gusta pensar que el cambio real suele empezar en cosas pequeñas, no en discursos gigantes.
También me parece interesante que no todos los hábitos tienen el mismo peso para todas las personas. A mí levantarse temprano me mueve muchísimo, pero a otra mujer quizá lo que más le cambie la vida sea leer por la noche o dejar el móvil una hora antes de dormir. Eso es lo bonito: no existe una fórmula única. Cada una va encontrando sus anclas.
Si me preguntas qué he aprendido con todo esto, te diría que los hábitos no son una moda bonita ni una lista para presumir en redes. Son pequeñas decisiones que, repetidas en el tiempo, sostienen cómo vivimos, cómo nos sentimos y cómo nos tratamos a nosotras mismas. Yo dejé varias rutinas por una etapa de cambio, y aunque no me culpo por ello, sí reconozco que me afectó más de lo que imaginaba.
Por eso hoy no escribo este artículo desde la exigencia, sino desde la honestidad. No quiero volver a mis hábitos por obligación, sino porque sé que me hacen bien. Quiero volver a levantarme temprano, a leer, a mover mi cuerpo, a escribir mis agradecimientos y a recuperar esos gestos que me acercan a la versión de mí que se siente más en paz. Sin presión, sin perfección y sin drama. Solo con ganas de volver a cuidarme un poquito mejor.
Y si tú también estás en una etapa rara, de cambio, cansancio o desorden, ojalá este texto te recuerde algo importante: no estás empezando de cero, solo estás volviendo a ti.

